Adolescencia. Parece que todo se resume
a eso. Todo pasa y a la vez nada. Dicen que la peor edad, que no eres
ni mayor ni pequeño. Siento decir que no. Que ya eres mayor. Que
aunque digan que por ti mismo no te valdrías, que en ti no se puede
confiar, sí se puede...
Bueno, esto no es una historia bonita,
ni pasajera, ni el triste relato del fin del mundo. No , simplemente
es un desvarío de una mente en plena ebullición, una mente
incentrable, llena de hormonas y pensamientos perversos.
Una mente que en ocasiones siente la
necesidad de estallar, de mostrar que tras la falsa capa de acero y
chula que te has creado sigue estando la misma persona que duramente
ya pisotearon.
Y las lágrimas no deberían ser esa
salida aunque, siempre acaban siéndola. Un puñetazo, lloro por no
haberlo dado. Por contar hasta mil. Por ver como siendo ella la que
me estaba haciendo la vida imposible se hacia la víctima. Por ver su
lágrima, aquella sucia y asquerosa lágrima que la hacía parecer
humana. Pero no lo era. No.
Me negaba a creer que tal ser, la
persona que te arrebata la alegría en el instante en el que la veía
tiene sentimientos, remordimiento, capacidad de pensar y hablar...
Pero así era y llega un momento en el
que no, no miras al futuro ni al pasado, sino al presente y ves que
se han alejado aquellas personas que querías aquellas por las que
dejaste hobbies y cambiaste tu forma de vida, aquellas personas que
te daban un besos si y otro también, aquellas que te daban una
palmadita en el hombro cuando lo necesitabas y te dejaban el suyo
para que llorases.
Aquellas que necesitas tanto como el
respirar se están alejando y, sientes que un nudo se esta cerrando
en tu garganta y que cada segundo es más difícil pensar, rebobinar,
demostrar que eres mejor que aquellas personas que te infravaloraron.
Pero mirándolo todo te das cuenta que
quizá tienen razón, que no eres nada ni nadie. Que tu no vas a
dejar huella en nada. Que dentro de doscientos años nadie se
acordara de que un día naciste y moriste. Y solo quedará una cosa,
tu lapida.