Llega un momento en la vida en la que
la razón se antepone a lo demás. Un momento en el que no deseas
arriesgarte ni correr ningún riesgo. Llegado este momento solemos
correr a mirar los ya olvidados álbumes de fotos en los que solemos
aparecer con sonrisas radiantes y caretos graciosos para todos menos
para nosotros.
Y es que recordamos de este modo
detalles de nuestra propia vida que ya habíamos olvidado.
Sin embargo lo que más nos ha marcado
no sale en estas. No está en el álbum familiar.
Entonces te tumbas en el sofá e
intentas recordar ese momento en el que empezaste a cambiar, en el
que juraste que las lágrimas que estaban corriendo por tus mejillas
serían las últimas que derramarías.
Y parecerá mentira pero sentirás un
momento de desahogo al recordar que ese instante no fue el que te
marco realmente sino aquel en el que sonreíste plenamente después
de haber llorado. El segundo en el que una persona, la que menos
esperabas, te hizo sentir la esperanza que habías perdido hace
tiempo.
Ya que de este modo vuelves a ser
libre, hasta que otra vez caes en la misma trampa. Necesitarle. No
saber vivir sin su mirada, sin sus desprecios y caricias. Sin sus
disculpas y sus logros... Sin su ayuda...