Nunca pensé que entrar en el mundo de
los adultos fuera tan complicado. Las responsabilidades que antes
eran únicamente de mis padres empiezan a recaer en mis hombros los
cuales se tuercen del propio peso de estas.
La infancia que tanto quise dejar atrás
empieza a echarse de menos y una voz en mi cabeza de puro
remordimiento me dice que no la disfrute como debería haber hecho.
Entonces empiezas a mirar en las
estanterías y encuentras tus fieles soldaditos y peluches llenos de
polvo, muertos del asco.
Había tenido prisa en dejarlos atrás.
La añoranza de esos tiempos se veía
reflejada en mi rostro con una pequeña lágrima que surco mi mejillas
y cayó sobre la pernera de mi pantalón.
Ya era tarde.
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