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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Y no lo puedo negar...

Hoy descubrí que soy una hipócrita. Hago daño a las personas. Nunca me había dado cuenta del poder de mis palabras. Ni que juzgaba tan duramente por el físico a una persona, cuando yo no era nadie.
No sé como había llegado a esto.
He pasado de sufrir a hacer sufrir y no se qué es peor.
Yo no estaba hecha para esto, una angustia recorre todo mi cuerpo con ese sentimiento de remordimientos que tengo tras hacer algo injustificable.

Y es que es eso, no tengo razones para hacer lo que hago. Sino me entiendo yo, ¿cómo me va a entender el resto de personas con las que comparto el mundo?

Adolescencia

Adolescencia. Parece que todo se resume a eso. Todo pasa y a la vez nada. Dicen que la peor edad, que no eres ni mayor ni pequeño. Siento decir que no. Que ya eres mayor. Que aunque digan que por ti mismo no te valdrías, que en ti no se puede confiar, sí se puede...
Bueno, esto no es una historia bonita, ni pasajera, ni el triste relato del fin del mundo. No , simplemente es un desvarío de una mente en plena ebullición, una mente incentrable, llena de hormonas y pensamientos perversos.
Una mente que en ocasiones siente la necesidad de estallar, de mostrar que tras la falsa capa de acero y chula que te has creado sigue estando la misma persona que duramente ya pisotearon.
Y las lágrimas no deberían ser esa salida aunque, siempre acaban siéndola. Un puñetazo, lloro por no haberlo dado. Por contar hasta mil. Por ver como siendo ella la que me estaba haciendo la vida imposible se hacia la víctima. Por ver su lágrima, aquella sucia y asquerosa lágrima que la hacía parecer humana. Pero no lo era. No.
Me negaba a creer que tal ser, la persona que te arrebata la alegría en el instante en el que la veía tiene sentimientos, remordimiento, capacidad de pensar y hablar...
Pero así era y llega un momento en el que no, no miras al futuro ni al pasado, sino al presente y ves que se han alejado aquellas personas que querías aquellas por las que dejaste hobbies y cambiaste tu forma de vida, aquellas personas que te daban un besos si y otro también, aquellas que te daban una palmadita en el hombro cuando lo necesitabas y te dejaban el suyo para que llorases.
Aquellas que necesitas tanto como el respirar se están alejando y, sientes que un nudo se esta cerrando en tu garganta y que cada segundo es más difícil pensar, rebobinar, demostrar que eres mejor que aquellas personas que te infravaloraron.

Pero mirándolo todo te das cuenta que quizá tienen razón, que no eres nada ni nadie. Que tu no vas a dejar huella en nada. Que dentro de doscientos años nadie se acordara de que un día naciste y moriste. Y solo quedará una cosa, tu lapida.