domingo, 7 de agosto de 2016

8 de Agosto

A veces tengo miedo de morir.
De dejar la vida sin haber absorbido esos instantes de felicidad que me pertenecen por ser parte de este mundo que existe muy bien sin el por qué.
Y es que paro, cuando el tiempo se corta en esas noches de verano, calurosas, llenas de recuerdos sombríos iluminados por esas sonrisas que caen en la penumbra del dolor, de la vejez...
Y creo que pierdo el poco tiempo que queda entre el hola y el adiós del camino, entre el coger y el tirar, entre el reír y el llorar.
Que el tejado sobre el que observo la vida se tiñe de rojo con cada llovizna y sin embargo el suelo, se envuelve de un azul cristalino, como la mar de mis sueños que mece mi cama y me permite estar con él.
Ese del que no hablo más que sin querer, que me recuerda que no debo subestimar el destino porque entrelazó nuestras manos tras muchos errores y golpes.
No penséis que es el hombre perfecto que desde aquí escucho como me decís estúpida enamorada, es el hombre perfecto para mi estúpida locura, para el vaivén de mi cuerpo que le agarra y araña y muestra su afecto con todo menos delicadeza.
Es ese ser que ahora duerme y sueña cosas extrañas y luego se pregunta como es que cuando el bosteza yo finjo ser un angelito con los ojos cerrados y el veneno escondido entre las fauces.
Como me gustaría ser perfecta para él...
Pero bueno, la verdad es que me quiere aún con mis fallos y mira que tengo...
Soy una bocazas impertinente que no callará ni amordazada... Creo en tantos valores perdidos que creo que me encuentro perdida en el camino a la madurez.
¿Justicia? ¿Existe esa verdad absoluta? ¿Existe alguna? Tanto filósofo para que ninguno me responda a la pregunta más impertinente. ¿Se puede terminar todo o no hay descanso?


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