A veces tengo miedo de morir.
De dejar la vida sin haber absorbido
esos instantes de felicidad que me pertenecen por ser parte de este
mundo que existe muy bien sin el por qué.
Y es que paro, cuando el tiempo se
corta en esas noches de verano, calurosas, llenas de recuerdos
sombríos iluminados por esas sonrisas que caen en la penumbra del
dolor, de la vejez...
Y creo que pierdo el poco tiempo que
queda entre el hola y el adiós del camino, entre el coger y el
tirar, entre el reír y el llorar.
Que el tejado sobre el que observo la
vida se tiñe de rojo con cada llovizna y sin embargo el suelo, se
envuelve de un azul cristalino, como la mar de mis sueños que mece
mi cama y me permite estar con él.
Ese del que no hablo más que sin
querer, que me recuerda que no debo subestimar el destino porque
entrelazó nuestras manos tras muchos errores y golpes.
No penséis que es el hombre perfecto
que desde aquí escucho como me decís estúpida enamorada, es el
hombre perfecto para mi estúpida locura, para el vaivén de mi
cuerpo que le agarra y araña y muestra su afecto con todo menos
delicadeza.
Es ese ser que ahora duerme y sueña
cosas extrañas y luego se pregunta como es que cuando el bosteza yo
finjo ser un angelito con los ojos cerrados y el veneno escondido
entre las fauces.
Como me gustaría ser perfecta para
él...
Pero bueno, la verdad es que me quiere
aún con mis fallos y mira que tengo...
Soy una bocazas impertinente que no
callará ni amordazada... Creo en tantos valores perdidos que creo
que me encuentro perdida en el camino a la madurez.
¿Justicia? ¿Existe esa verdad
absoluta? ¿Existe alguna? Tanto filósofo para que ninguno me
responda a la pregunta más impertinente. ¿Se puede terminar todo o
no hay descanso?
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