La vida pasa muy rápida. No existen los momentos de pausa ni
de rebobine. En la vida se perdona y se olvida. Se ama y se odia. Se añora y se
extraña. Se es feliz y triste. Se pueden ser y sentir muchas cosas pero solo
hay una segura, se muere. Todo termina, sin saber que nos depara el futuro.
Quizá podría mostraros lo que yo conjeturo que ocurre, pero
no os lo creeríais, lo sé. Por ello no malgastaré los pocos segundos de
atención que me deis en ellos, no merece la pena.
Yo os empezaré a hablar sobre lo que más marca las vidas de
las personas, el amor. Y sí, las marca por su escasa presencia o su abundancia.
Yo creo recordar que en los inicios de mi andadura apenas
recibí una muestra de cariño verdadero. Ser un bastardo de un rico mandatario
cuya querida murió al dar a luz lo pone muy difícil.
No os confundáis, el rencor no habla por mí, simplemente
digo las cosas como son.
Creo recordar que una vez al año el día posterior a reyes
veía a mí padre al igual que en cada cumpleaños.
Nunca le quise, suena mal, pero es la realidad. Venía con
aires de grandeza y un regalo bajo el brazo; como si con eso lo compensara.
Esto no significa que lo odie, no os confundáis, con el paso
del tiempo descubrí que no lo podía haber hecho mejor, que su incapacidad para
ser padre no se debía al hecho de que yo fuera un triste bastardo.
El día que llegue a ser mayor de edad descubrí tantas cosas
que sentí que sobre mi espalda caían tres o cuatro décadas de agonía.
Da la vida que solo fue una sensación.
Pero antes de contaros lo que pasó aquel día tan destacado
os mostrare con mis palabras como fue mi vida, tan bien como pueda.
Nací en pequeña casita a las afueras, una señora llamada
Candelaria asistió al parto. No era comadrona, no os confundáis, Candelaria es
mi abuela.
Vine de golpe según cuentan con demasiada energía. Todo
ocurrió en un segundo.
María se puso blanca, no reaccionaba, algo estaba fallando
en ese parto, mi abuela no era una sabia ni ilustrada sobre el tema pero se
daba cuenta.
Corrió a buscar el teléfono y llamó una ambulancia tan
pronto como pudo.
Llegaron tarde, yo ya lloraba y María…
Su vida se estaba escapando mientras me sostenía con cariño.
Murió por mí.
Ese día, mi primer día como ser, fue uno de los peores, no
solo la perdí a ella, perdí a mi abuela y a mi padre.
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