Sus pestañas era delicados puentes que
te llevaban a la calma, un océano azul que terminaba en una pequeña
pupila.
Sus finos rasgos te embelesaban hasta
que llegabas a su tronco, un lugar definido donde las manos perdían
el control. Quizás no debiera seguir describiendo tal perfección
pero he de añadir que los pequeños detalles eran casi más
importantes que los rasgos generales.
Su nariz estaba tallada bruscamente, y
aunque esto en numerosas personas queda burdo y estropea cualquier
signo de belleza, en él solo lograba acentuarla aun más.
Su edad era un misterio que ni las
damiselas que le rodeaban conocían, el enigma le envolvía.
El nombre de este truhan, que arrancaba
más corazones que un arado hierbas, empezaba por una consonante que
recordaba el siseo de una serpiente.
Sus orígenes se remontaban a una
importante extirpe, no muy lejos de la corona que él, sin embargo,
odiaba.
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